domingo, 29 de abril de 2012

Desde el paraíso



Castillo de proa


Por Medardo Arias Satizábal

Arriba, en la montaña, entre la madera de troncos recién cortados  y la niebla que baja en las tardes, los lagos parecen tazas de agua congelada en los que saltan las truchas. Parece que posaran para la portada de una revista; toman impulso desde abajo y hacen cabriolas con el arco iris en su piel.
El agua baja límpida por las piedras del río y más arriba pastan vacas solitarias junto a los abismos. Veo correr un rebaño de ovejas y un campesino de falda azul y sombrero de fieltro que las aúpa con un bastoncito.
Después de recoger las varas y doce truchas, observo desde la ventanilla las diversas gamas de verde que Dios puso en esta tierra bendita; ahí, el musgoso, como una cuna en la tierra, y más allá el que sube hacia “La Campana”, como tejido en crochet con hilos gruesos, dispersos.
Briosos caballos llevan en sus cuadriles cantinas de leche y a través de toda la ruta se ven mujeres de mejillas con el color del durazno junto a mesas en las que ofrecen miel purísima.
A las tres de la tarde, el cielo parece martillado en plata; gira el viento y los azules que traen garzas peregrinas, hieren la vista. Es preciso ahora recoger todo este aire en los pulmones, estos perfumes de albahaca, orégano, manzanos en flor, viejos perales de troncos rugosos, aroma de fresas y granadillas.
Tengo la cabeza apoyada en las manos, sobre la tierra, y escucho cada nota en la música del río; las hay graves y oscuras, como si lamieran el vientre donde nacen las aguas, y otras pianísimas,  cantarinas, las que giran en remolinos, hacen pilas serenas y luego se precipitan entre las rocas como si conocieran el secreto de pasión, para volver a ser hermanas del silencio.
Me detengo en “El pan de Gloria”, junto a la iglesia, donde las monjas suizas, belgas e italianas dejaron recetas divinas. Entre un verso y otro de Neruda, el panadero me explica que desafortunadamente el pan que se hornea hoy en las ciudades viene inflado por levaduras, maquillado con edulcorantes. Aquí todavía no han llegado las grandes batidoras, y el pan, como ayer, se amasa a mano, es “pan sobao”. Mantequilla, leche, huevos, harina y “aceite de codo”.
El resultado: un pan que sabe al que se probó en la infancia, con su fragancia original; “mucho mejor cuando se hornea en leña”, acota el panadero. Un pan genuino, de corteza porosa y masa mullida, suave, el pan de gloria, la receta de Sor Limbania.
Al atardecer, se sirven ahí tazones de chocolate con queso. Las muchachas llevan guantes, bufandas, y la noche llega con los pífanos de la cordillera, esa vieja tonada que celebra el paso del cóndor.
La mañana se anuncia con gorjeos en las ventanas y la fiesta de la luz; en los cajones del mercado relucen las cebollas, los tomates, las papas del páramo, los quesos frescos; en las esquinas se oye el pitorreo de los que alquilan caballos para veraneantes.
La matraca, como ayer, resuena entre la procesión y adelante los cirios se bambolean al compás lúgubre de los tambores. Entre la nube de incienso, pienso que de pronto voy a escuchar la voz de los gitanos desde las ventanas, con la elación dolorida de la saeta: “Cantar del pueblo andaluz/ que todas las primaveras/ anda pidiendo escaleras para subir a la cruz…/ cantar de la tierra mía/ que echa flores/ al Jesús de la agonía/ que es la fe de mis mayores…no quiero cantar/ ni quiero/ a este Jesús del madero/ sino al que anduvo en la mar…”
Pero el espejismo dura poco; no estoy en Sevilla, España, ni aspiro el aire de las montañas suizas. Estoy en Silvia, Cauca, a punto de cumplir 56 años, y creo que soy feliz.            

martes, 9 de febrero de 2010

El viaje de las sillas





Por estos días y hasta marzo, cuando los norteamericanos se preparan para recibir la primavera, las calles se convierten en un museo itinerante en el que caen de bruces árboles de navidad, viejos tocadiscos del tiempo de la depresión, radios descomunales que parecen transmitir aún la caída de Varsovia, televisores gigantescos parados sobre sus cuatro patas de cedro y, por supuesto, sillas, que invitan a sentarse antes de ir a parar al basurero.
         Cuando recién llegué a Estados Unidos, hace más de 12 años, tuve un vecino polaco que se enteró de mi afición a los radios viejos –conservo intacto el RCA Víctor de mi abuela- y me ofreció muy comedido, una gigantesca radiola que conserva aún en su interior estuches para guardar agujas y paños originales para quitarle el polvo a los discos. Me comentó que en aquel aparato cuya tela frontal zumba como un tambor, pues toda ella cubre un bafle, escuchó “la rendición japonesa”, una noticia que declaró día de fiesta en todos los Estados Unidos. El traslado a mi casa de esta joya que me permite con su tapa abierta todo un viaje al pasado, y que deja girar en el invierno discos de vinilo con la voz de Paul Robertson o Carmen Mc Rae, fue un proceso que requirió plataforma de rodachines. Hoy, por simpatía hacia el momento más difícil del Emperador Hirohito, he puesto una bandera del sol naciente sobre la tela que cubre el bafle.
         Nadie sabe por qué alguien desecha una silla y la pone afuera. La misma pregunta se hizo Botero hace muchos años en Nueva York, en los días de la paciencia, cuando llevó a su casa una que esperaba al camión de la basura. Ha dicho en múltiples ocasiones que es la preferida de su estudio, y va con él por el mundo, como un fetiche. Está cubierta hoy con capas superpuestas de óleos, y representa en sí misma toda la refriega cromática que debe enfrentar un pintor en el momento de la creación.
Uno siempre recibe lo que necesita en el momento justo. No teníamos comedor, pero una colega de mi esposa en la universidad, vino a decir que la iglesia Episcopal vecina acababa de poner en la calle un comedor de seis puestos, que se trataba de sillas de muy buena madera, que si acaso lo queríamos. Dije que por supuesto. Ella gentilmente lo trajo en su camioneta y me dedique en el jardín a limpiar aquellos nuevos muebles que exhiben en sus cabeceras cálices tallados. Frutos de la vid y del trabajo del hombre.
         Ninguna silla, sin embargo, me ha hecho estremecer, como la que encontré una mañana en la Universidad de Caldas. Yo era reportero de EL PAIS y cada lunes tomaba una avionetica que me dejaba en el aeropuerto de La Nubia en Manizales; desde ahí, me desperdigaba por los pueblos, entrevistando alcaldes, artesanos,  poetas, sacerdotes.
El rector de la Universidad de Caldas me esperaba ya y tomé una silla frente a su escritorio. La entrevista transcurría de manera más o menos normal, pero notaba en él un sobresalto, mientras la silla crujía, como si se quejara bajo mi peso. De pronto, el rector detuvo la entrevista y me dijo: “Qué pena, he debido decírselo cuando llegó…pero, la silla en la que está sentado la tengo aquí sólo de exhibición, es una reliquia histórica…en ella José Eustasio Rivera escribió La Vorágine…”.
Antes de trasladarme a otra silla, esa sí normal y doméstica, sentí un rumor de hojas cayendo desde lo más profundo de las selvas colombianas, y un parloteo de guacamayas, unido al coro de loros verdes, planeó sobre los ríos profundos de la imaginación, sobre esos deltas a los que pocas veces baja la neblina, para repetir en la memoria: “Antes de que me apasionara por mujer alguna, jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la violencia…”              

jueves, 4 de febrero de 2010

La generación Kol-Kana


Castillo de proa


El estar fuera del país por mucho tiempo, tiene sus consecuencias. Hace unos días, derretido por el calor, pase por una tienda y pedí “una maltina”. Al ver que la tendera me miro como a un extraterrestre, decidí cambiar mi pedido por una Lux Cola; al final, lo sabía, estaba dispuesto a transarme por una Kol-Cana. Ni lo uno ni lo otro, “esas bebidas ya no existen”, me dijo la tendera, “usted debe ser de la generación de la Uva Canada Dry…”
         Un poco avergonzado y ya con un ligero dolor de cabeza producido por el sofocante bochorno, brinque a la farmacia contigua en busca de una Cafiaspirina. Como no obtuve respuesta, pregunte si de pronto tenían Anacin, Calmadoral o  Procasenol.
         Me di cuenta de pronto que Colombia cambió, y con ella el remedio. Recordé entonces una lejana mañana en que no pude ir a la escuela aquejado por una bronquitis, la misma que fue conjurada con el jarabe San Ambrosio y cucharadas puntuales de aceite de tiburón, en ayunas. Todos los males del cuerpo desaparecían con una purga de Limolac o de Vermifugo Nacional, y la vida se volvía algo más ligera y saludable, con modestas dosis de aceite de castor o de ricino. Mi padre estaba convencido que podíamos tener los músculos de Charles Atlas, si tomábamos   Emulsión de Scott. Ocho hermanos, en fila, nos sometíamos entonces a la tortura diaria de paladear aceite de hígado de bacalao, previa apretada de nariz, lo cual atenuaba el lamparazo del pescador escocés.    
         Me pregunte entonces que fue del Sulfatiasol, del Baltisicol compuesto, de la Pomada Merey, del Mentolin, del Yodosalil y el ungüento Indio, el Cheracol, el Penetro, el Quinopodio y el Dencorub, la sal de Exxon, el jabón de romero y quina y la chancarina.
         Hubo un tiempo en que Farina, una colada venida de Portugal, fue el alimento de los niños de Colombia. “Si su niño no camina, caminara con Farina…” decía el lema, y todo el mundo lo creyó, como creyeron a pie juntillas que la “Colombiarina” y su sucesora, la Bienestarina, eran suficientes para levantar sana y fuerte a la muchachada que llego después del Frente Nacional.
         Si Camilo Torres no hubiera caído en Patio Cemento, diciendo que la leche de la “Alianza para el progreso” esterilizaba, hoy mas nacionales tendrían la enzima que le falto al gen colombiano para evitar la violencia. Con mis hermanos y con toda mi generación, bebimos de esa leche por cantidades, pues la recibíamos como refrigerio en los colegios públicos. Todos tenemos hijos y alcanzamos a conocer la Cremex y la San Fernando en Botella, mientras el mundo despedía a Papelón, el jarabe del niño flaco y barrigón.
         Para los nacidos en la generación de Glostora, surge la pregunta acerca del paradero del fijador Lechuga, el Tricofero de Barry, el Bay Rum y el Agua Florida de Murray & Lanman, antiguallas que sobreviven en el Almanaque Bristol, junto al Mareol, el Old Spice de Shulton, el Pino Silvestre, el Agua Brava y y el Vetiver.
         Afortunadamente se acabo Kan-Kill, Black Flag, el acpm y el especifico, el espiritismo, las enaguas, el colirio Eye-mo, las lavativas y las ventosas, las babuchas Croydon doble piso, el suspensorio, los calzoncillos Don Juan Punto Verde y el calzón matapasiones tipo “Imperio”.
         También se fueron las medias “Maraton”, la ropa El Roble, las botas Cauchosol, “guambiano style”, los zapatos Grulla, las peinetas Vandux y el Mejoral. Me dicen que en las filas del Polo Democrático, sobrevive la Yodora.
         Mientras seguimos sin saber quien inventó el hueco del pandebono, vemos cómo a la galleta costeña se le llama hoy “oblea”, de las calles desapareció el “pan de huevo” que vendían en canastos unas buenas señoras al atardecer, pero, sobreviven, felizmente, las cucas de las monjas de San Antonio.
         Debo decir que para recordar todos estos iconos colombianos, debí tomar, durante quince días, Vitacerebrina Finlay. 

         

miércoles, 7 de octubre de 2009

Por los bigotes del gato



En las riberas del río

Por Medardo Arias Satizábal

La primera vez que escuché el nombre de Hernando Tejada fue en la redacción del diario Occidente de la calle 12; Raúl Echavarría Barrientos era el subdirector y me solicitó entrevistar al artista, no si antes ilustrarme un poco acerca de su personalidad; "es genial", me dijo, "además, le gusta comer flores…"
         Al parecer, Tejadita cometía la excentricidad de comer astromelias y rosas en los cocteles, para después pasarlas con whisky. Esto de paladear pétalos, aderezarlos con miel y pimienta, y ponerlos sobre codornices, es costumbre muy normal en México. Pero si alguien come flores en un coctel en Cali, seguramente la noticia adquiere visos de excentricidad, me dije.

         Hacía rato, Tejadita había sorprendido ya al país con unas ingeniosas esculturas de mujeres, en madera, muy funcionales además, porque eran espejos, sillas para el teléfono, mesas de comedor, lámparas; le propuse que hiciera a "Xiomara, la mujer cuchara", o a "Josefina, la mujer cortina", pero me dijo que esta serie estaba ya terminada. Desde el exterior, inclusive, le habían solicitado que hiciera otra "Rosario, la mujer armario" , y "Estefanía, la mujer telefonía", ya hacía parte de la iconografía caleña. Quizá las femenistas estaban furiosas con esta representación de "la mujer-objeto", pero el arte tiene siempre esa capacidad de romper esquemas, de agradar o causar rechazo.
         Luego, al pasar el tiempo, fuímos visitantes devotos, cada sábado, de "El consulado del Pacífico", un restaurantito de El Peñón donde el Maestro acudía puntualmente a paladear sancocho de pescado. Estaba siempre en la misma mesa, solo, debajo de una red con crustáceos disecados. Iba hasta ahí, después de cruzar el río, desde su taller; el lugar seguramente le hacía recordar sus años de juventud, cuando conoció esta comida bendita, en sus errancias por Tumaco y Bocagrande. Maritza Uribe de Urdinola tuvo una casa en Bocagrande, frente a la playa, e invitó en varias ocasiones a Tejadita, quien guardó para siempre esa visión de los manglares, de las casas de cangrejillos debajo de la palmeras, de los trozos de madera que trae el mar hasta la arena.
         Cuando fuí a entrevistarlo, por última vez, a propósito de sus  "Manglares", una muestra que también se exhibió en Bogotá, me enseñó los bocetos de aquella época, trazos magistrales en tinta, donde iba congelando, como un retratista, ese tiempo irrepetible de esta playa en el Pacífico. Parte de la Bocagrande que Tejadita conoció se la llevó el terremoto-maremoto de 1979. Con la exposición,  quiso enviar un mensaje, no suficientemente entendido, acerca del riesgo de perder este ecosistema, el manglar, uno de los más ricos y diversos del mundo; tiempo después, Sabina Borja y Stellita Domínguez querían organizar el Primer Festival de Jazz de Cali, y me pidieron hacer parte del comité. Les presenté a Tejadita, quien aceptó donar el afiche del programa; no podía resistir nada que viniera de mujeres jóvenes y bonitas. Hacía cualquier cosa por ellas.
Partida de nacimiento del Gato del Rio
Una noche de julio de 1995, hicimos una ronda de conversación en un coctel de La Tertulia, con Hernando Tejada, Germán Patiño, entonces Secretario de Cultura, y Alejandro Valencia, el escultor sobrino del Maestro.
         Siempre sentí fascinación por los gatos de Tejadita, aunque no tengo ningún rango de comunicación con los gatos; siempre me han parecido animales demasiado ladinos, excesivamente inteligentes para ser considerados "felinos domésticos"; su origen cortesano ha sido radicado en las catacumbas del antiguo Egipto; los romanos lo adoraron tanto que aun hoy lo tienen como animal de culto, suelto por las ruinas del imperio. Muchos italianos salen en las mañanas a dejarles raciones de leche y galletas sobre las piedras destrozadas del Coliseo.

         En una breve visita a Madrid, había quedado impactado por lo que significó la exposición al aire libre de las esculturas de Botero, particularmente de la que fue ubicada frente a la fuente de Cibeles, camino de la Puerta de Alcalá. Pude ver la fascinacion de la gente con las esculturas; los niños querían galopar sobre ellas, y los enamorados pedían a cualquier viandante "una foto por favor", junto a los pezones bíblicos de estas mujeres salidas del caletre de Botero.
         Los gatos de Tejadita, a diferencia de los reales, tienen sí esa domesticidad que los hace cómplices, incapaces de engullir un canario; los he encontrado en muchos lugares de Cali, escondidos entre materas en las ventanas, viendo llover desde los rincones de espacios en penumbra, o testigos de convites, entre el cilantro de las cocinas de San Antonio. Recientemente quise comprar uno, de imitación, en una tienda de artesanías de la avenida Sexta, pero le faltaban los bigotes. El artesano me explicó que se le había agotado el "alambre dulce", de color ambarino, que se usa para darle el toque final a estas figuras de ojos deslumbrantes como lámparas de aceite.
         El cuento es que, inspirado por los recuerdos boterianos de Madrid, le dije a Tejadita: "De la misma manera que usted hace un gato pequeño, puede hacer uno grande, en bronce, y ponerlo al lado del río…" y recordé un poco el paseo por Cibeles. Con la mano en la barbilla, el Maestro dijo: "¿Por qué no? Eso cuesta mucho, agregó no obstante, con timidez, aunque sé vaciar en bronce. Quizá habría que ir a Bogotá..."
- "Eso es lo de menos", puntualizó Alejandro; lo importante es el concepto, la idea del gato, y ya después, algunos obreros, con supervisión, claro, pueden ayudarte a trabajar en eso…"
         Germán Patiño expresó al punto: "Si usted se le mide a ese proyecto, Maestro, cuente con mis respaldo; no se preocupe por el costo, los recursos se consíguen. Apoyo cien por ciento esta idea…".
         La noche culminó con apuntes acerca de la manera como trabaja Botero en su taller de Pietrasanta, en Italia, y el grupo de obreros que le colaboran ahí, hasta sacar al mundo estas deslumbrantes esculturas.
         Lo que inicialmente pareció una "botada de corriente" en un coctel, se convirtio en brevísimo tiempo en una realidad, pero tampoco estaba sorprendido, conocedor del "decir" y el "hacer" de Germán Patiño, intelectual absolutamente atípico en el círculo  político de la ciudad. No podía creer, sí, en el impacto de belleza de aquel gato gordo junto al río, a pleno día. Debí reconocer que era "'Pop" y poético al tiempo, pues, enemistados como están los gatos con el agua, desde sus orígenes, tener en Cali un "gato de río", era una feliz contradicción, metáfora al tiempo, escapada del reino de la poesía.


miércoles, 30 de septiembre de 2009

Razones para creer en la flor del frangipan


Por Medardo Arias Satizábal


Hay varias razones para creer que la flor del frangipan existe. La primera de ellas aparece en las notas de un cuaderno de cartografía de un viajero europeo en Asia, siglo XVII, con ilustraciones, al parecer, en primorosos tonos de acuarela; la segunda, nos habla desde una página de la edición de la Enciclopedia Británica fechada en 1887, y la tercera, casi definitiva, aparece en las memorias de Nefatlí Reyes Basoalto, el poeta de voz atiplada, quien la vió una noche en un jardín de Birmania. Era ya noche, en ese momento en que los astros empiezan a merodear sobre los jardines del mundo o, como diría otro poeta, en el momento en que un potro negro empieza a repartir espigas azules en el cielo. El poeta había estado enamorado, o por lo menos así lo expresó, de una tal Jossie Bliss, a quien llamó "La pantera birmana", la única mujer que fue a despedirlo al muelle, mientras el barco bramaba  pidiendo piloto para el zarpe. Eran los días del Neruda Casanova, el mismo que llevaba zapatos blancos, como los cantantes de boleros en La Habana. Contó cómo la mujer se arrodilló en el muelle, y se arrolló a sus piernas, en un ruego dolorido para que no se fuera. La pantera inclinó la cabeza sobre sus zapatos, con un llanto furioso, y al levantar el rostro, lo tenía "enharinado", o sea, pintado con esa crema de arroyo con la que es menester lustrar unos zapatos blancos de cordón, como los que usó Humphrey Bogart en el momento de pedir, otra vez, al Negro, el pianista, los acordes de äsc goin, in tmime, esa melodía que es preciso escuchar entre tres vodkas con jugo de cranberry. No otro elixir es preciso aplicarse por una belleza pura como la de Ingrid Bergman.

         Neruda dijo, pues, que era noche, y esta flor, la del frangipan, expelía un aroma trastocador de los sentidos, un perfume hondo, definitivo, como la leche de la mujer amada.

         Desde que Neruda lo dijo en sus memorias, he estado en búsqueda de la flor del frangipan, pero no la he encontrado. La he buscado también en las viñetas que para la historia botánica dejó José Celestino Mutis; en las viejas casas del barrio Gótico de  Barcelona, donde los catalanes suelen dejar, como al descuido, viejas ilustraciones de la flora del mundo. La he preguntado en los jardines que circundan las cataratas del Niágara y por los viejos patios de Granada; en los Jardines del Generalife, en La Alhambra, donde los Reyes Nazaríes dejaron plantada la flor de regaliz, la azucena de la noche y la Rosa de Castilla, transmutada en sus yemas por manos de mujeres moras.

         La he preguntado también en los viveros de Connecticut y en las montañas de Nueva York, por los caminos de tulipanes donde los viajeros recogen fruto del manzano y mazorcas del maizal, y la he extrañado en la noche silente de los barrios de Cali, donde el azahar de la noche me recuerda también que un día fuí feliz y enamorado, mientras esperaba la caída de los mangos sobre un techo de zinc. El sonido del mango que rueda en la noche y la visión de un guayacán lila en las mañanas, me llaman desde el pasado en esta ciudad de pequeñas tiendas, con celadores de termo, capa y bicicleta, que acompañaban a casa, para cuidarnos de endriagos en la alta noche.

         Quizás la flor del frangipan no exista, y sea sólo una invención, mezcla de azafrán y pan, pero las flores que inventan los poetas, son perennes, como las del mal, las más puras de la poesía francesa en la pluma de Baudelaire, o las negras, de Julio Flórez, convertidas en vals de cementerio.

         Si me fuera dado inventar una flor, elegiría primero su color; el verde, que va conmigo a todas partes. Le pondría unos pétalos justos -ni grandes ni pequeños- y unos cálices en los cuales sea menester, en las noches de verano, ver el reflejo de las estrellas, el brillo lechoso de la luna. De perfumes no hablemos, pues este debe ser tenue, en la medida justa de lo que puede soportar el atisbo olfativo, un aroma parecido al silbo de un pájaro en mitad del mar. A una la llamaría Mariana, y a la otra Gabriela, los nombres de mis hijas, y las sembraría en un jardín donde no llegue nadie y sólo las roce la caricia del viento y la mirada de Dios.                        

martes, 29 de septiembre de 2009

Hablar de amor debajo del cocotero



Por Medardo Arias Satizábal


Si no hubiera sido colombiano, me hubiera gustado ser la oreja de Van Gogh, o la mano crispada que aprieta una rosa bajo el casco del caballo iluminado por un bombillo de setecientas bujías en el Guernica de Picasso.
Hubo años en que me imaginé como el viejo que persigue a una tintorera, desde la corriente del golfo, hasta lograr, ya medio muerto, amarrarla a su bote. Y en mis primeros días de Nueva York, compré un viejo gabán de capitán en derrota, en una tienda de marineros en Mystic. Un homenaje al buenazo de Allan Poe en los años de la errancia.


 Si no hubiera sido colombiano, me hubiera gustado ser, también, un guajiro cubano del tiempo anterior a la revolución, un campesino de guayabera, polaina y machete, de esos que ven cómo se va dorando un cerdo en una púa, mientras Juan Ramón va en busca de plátano verde y pintón. Hay guateque en el bohío.


Me hubiera gustado ser, también, uno de esos baqueanos anónimos que arreaban ganado en los cuentos de Borges, detrás de una recua de abigeos en la frontera entre Brasil y Argentina. Habría cuidado sí, de no desear ni la montura, ni el caballo, ni la mujer del capataz de tropa, pues esto me hubiera acarreado el riesgo de ser el protagonista de "El muerto", el mejor cuento del hombre de la esquina rosada. Y ahora no les estaría contando esta historia.


Pensándolo bien, quise ser también el destello en el cuchillo del árabe en aquella playa imaginada por Albert Camus en  "El extranjero", o el joven que bailaba mambos en la playa de la Malvarrosa, o el hombre que volaba con alas de angel en la noche azul de Chagall; o el profesor que ocupa la misma habitación de Dalí y de Lorca en una universidad madrileña donde la noche trae en sus brillos un perfume de eucalipto.

Una noche, quise ser el gitano que cantaba con voz verdadera a las puertas de un templo en Salamanca, o Sancho, sabio y glotón, o el protagonista de "El anatomista¨, a quien le toma 339 páginas descubrir que hay un lugar secreto en el cuerpo de toda mujer, un breve espacio encarnado, dulce y sombrío, como aquellas gotas de agua pura que caen del techo en las cavernas tamizadas de musgo, un lugar para librar todas las batallas.


El problema de ser guajiro era la obsesión con la trigueña, la del flamboyán florido y la cuita de amor debajo del cocotero. Pasé la primera parte de mi vida deseando a una trigueña, pero la vida me fue dando chinas, rubias etruscas, irlandesas, rusas. He perdido un poco la idea idilica del lar campesino, con la vaquita blanquinegra y la mano que dice adiós, pero, al fondo, la trigueña sigue ahí, como  un reto biológico, por fuera ya de esos lastres estéticos del subdesarrollo.


Cuando tenía menos de 18 años, quería ser un trotamundo de Harlem, alguien capaz de driblar desde la bomba, para hacer una cesta de gancho, como Chamberlain, después de hacer girar el balón en el índice derecho, para alegría de los niños. La primera vez que vi una cancha de baloncesto en el Harlem real, el del barrio negro de Nueva York, pensé que quizá era mejor ser poeta.

       Me hubiera gustado también ser pescador, de esos que viven en un junco en la bahía de Hong Kong, y cocinar ahí todo lo que saliera del mar; una anguila o un zapato.


Como no pude escuchar los cocuyos de la noche estrellada de Van Gogh, desde su oreja, ni fui la mano aplastada en Guernica, ni el vaquero que huye en un cuento de Borges, ni el guajiro de guateque, ni el hombre de la noche azul en el pincel de Chagall, ni estrella de baloncesto, decidí ser sólo Medardo Arias, un colombiano con visa múltiple al territorio libre de la imaginación.


  


        
            

lunes, 28 de septiembre de 2009

Dos poetas de Assis

Por Medardo Arias Satizábal
    
Quiero dedicar la columna de hoy a dos poetas brasileños; ambos mulatos, de origen humilde, elevados al santoral de la vida, uno por su palabra, Machado de Assis, (Rio de Janeiro, 21 de junio de 1854), otro por la alegría que ha traído al fútbol, Ronaldo de Assis Moreira, más conocido como Ronaldinho Gaucho (Porto Alegre, 1980).


         Ambos, como el santo de Assis, nacieron con la facultad de hablar con los animales, de comunicarse con las aves, de interpelar al viento y de domesticar, ya con poesía, ya con fútbol, a los lobos hambrientos.

         El primer de Assis, el poeta, nació con una diferencia de 126 años, de su sucesor, y pasó la infancia en una casa de hacienda de una rica señora del imperio. Padeció epilepsia y aunque llegó a ser símbolo del Romanticismo brasileño y fundador del Realismo de ese país, enfrentó también una precoz tartamudez. Su padre, pintor de brocha gorda,  y su madre Lepoldina Machado, una lavandera portuguesa llegada de las islas Azores, no pudieron brindarle una temprana educación, pero el poeta tomó clases de lengua gala con un panadero francés, y llegó a traducir ¨Los trabajadores del mar¨, de Víctor Hugo. También, por cuenta propia, aprendió inglés y alemán. Dejó en su haber una de las mejores traducciones de Poe.
         El de Assis de Porto Alegre, hijo del vigilante del parqueadero del equipo Gremio de esa ciudad, estuvo a punto de ser tomado por loco, cuando era niño. Había nacido con el fútbol impregnado en la sangre; ¨entrenaba¨ con sillas, con muebles, en la casa, y también con su perro, al que hacía fintas, amagues, mientras el animal lo seguía de cerca, se le metía entre las piernas, lo derribaba. Quizá ahí, Ronaldinho Gaucho aprendió a sonreír, inclusive cuando es tirado a la grama de los estadios, con mala intención. Temprano, se convirtió en el máximo goleador de Rio Grande do Sul en 1999. Vestir la camiseta de Gremio ya era bastante para quien llegaría ser el jugador más costoso del mundo.
         Machado de Assis inauguró el Realismo brasileño con su novela ¨Memorias póstumas de Blas Cubas¨, obra que, como el Pedro Páramo de Juan Rulfo, más tarde, está narrada por un difunto. Sólo que para la época de su publicación, 1881, fines del siglo XIX, su estilo tomó por sorpresa al país-continente; como escritor, Machado de Assis fue un fuera de liga. Observen esta dedicatoria de su novela: ¨Al gusano que primero royó las frías carnes de mi cadáver, dedico con sentidos recuerdos, estas memorias póstumas…¨ Quizá ahí y en su ¨Don Casmurro¨, publicada en 1900, habría que buscar parte de la risueña  ironía de Jorge Amado en su ¨Quincas Berro Dagua, Capitán de Altura¨.
         De Assis Moreira, el de Porto Alegre, no ha escrito un poema como ¨Tus ojos son mis libros/ ¿en qué mejor libro se puede leer una página de amor?/ Flores son tus labios/ ¿En que otra flor podré beber mejor el bálsamo de amor?¨ (Machado), pero cuando le preguntan por qué sonríe siempre, dice: ¨Tengo salud, mi familia también, no necesito más…¨ con la misma humildad del chico de Porto Alegre, aunque su transacción deportiva se cotiza hoy en  más de 51 millones de euros. Gana más dinero que Pelé y Maradona,  juntos, en sus días de gloria, lo que hace decir al astro italiano Sandro Mazzola, refiriéndose a su generación: ¨Dios nos mandó muy temprano a las canchas del mundo…¨
          Entre el Romanticismo y el Parnasianismo, inicialmente, Machado de Assis escribió un hermoso cuento dedicado a la locura, ¨El Alienista¨, con el cual empezó a sentar reales en el Realismo. De niño, vendió dulces en una escuela; de adulto, fundó la Academia Brasileña de la Lengua.
         Joao Da Silva Moreira, padre de Ronaldinho, puede sentirse orgulloso en su tumba; su hijo le hace sombreros, fintas, pases cruzados y tiros perfectos a la vida. No corre, avanza y retrocede, como quien va pedaleando en una sola rueda; es la felicidad del fútbol, "o mais grande do mundo''.